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Una caminata sin destino

April 9, 2026
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3 Min
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René Sonneveld

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Una caminata sin destino llegó a mí primero como una frase escrita en una pared y, al día siguiente, como algo que pude sentir en mi propio cuerpo.

Después de un encuentro de trabajo con una familia empresaria en Sídney, pasé unos días con mi hija en Melbourne. En mi habitación del encantador Hotel Sorrento, en la península de Mornington, había una obra de arte compuesta por palabras, colores y fragmentos de pensamientos. Varias frases llamaron mi atención, pero hubo una que se quedó conmigo: Una caminata sin destino.

Quizás lo que me atrajo fue hasta qué punto esas palabras iban a contracorriente del mundo que hemos construido. Nos enseñan a movernos con un propósito, a saber hacia dónde vamos, a justificar cada paso por su resultado. Pero hay momentos en la vida en los que las respuestas que necesitamos no llegan por mucho que las forcemos. Llegan cuando nos permitimos deambular. Cuando no nos apresuramos a saberlo todo. Cuando dejamos que el camino se revele a medida que avanzamos.

La frase volvió a mi mente al día siguiente, cuando mi hija y yo recorríamos en auto la Great Ocean Road. En un momento nos detuvimos y comenzamos a descender por unos acantilados escarpados con vistas al océano. Era uno de esos paisajes que te hacen sentir pequeño y, al mismo tiempo, plenamente despierto. El mar se extendía con esa seguridad ancestral que le es propia. El viento tenía voz. Cada paso exigía atención. No podías apresurarte. No podías dominar el camino. Simplemente tenías que seguir caminando.

Y en algún momento de aquel descenso, la frase regresó: una caminata sin destino.

En términos prácticos, sí teníamos un destino. Pero eso no era lo importante. La verdadera experiencia no consistía en llegar. Consistía en estar presentes en la caminata misma. En el ritmo de avanzar por un espacio abierto. En las conversaciones que surgen cuando nadie las fuerza. En los pensamientos que aparecen cuando la mente deja de aferrarse con tanta fuerza a la siguiente tarea, la siguiente respuesta, el siguiente resultado.

Fue entonces cuando comprendí que caminar sin destino no significa carecer de dirección. Significa relacionarnos con ella de otra manera. Dar espacio a caminar sin rumbo fijo, no como una forma de pereza o de dejarnos llevar sin sentido, sino como otra manera de descubrir la verdad.

Y quizás por eso nos resulta tan poco familiar. Nos hemos acostumbrado tanto a creer que cada paso debe conducir a algún lugar visible, medible o útil que, cuando no es así, nos sentimos incómodos. Lo llamamos pérdida de tiempo. Lo llamamos indecisión. Pero algunos de los movimientos más importantes de la vida comienzan antes de que podamos ponerles nombre. Comienzan en el cuerpo antes de cobrar sentido en la mente. Comienzan cuando dejamos de exigirle al camino que se justifique demasiado pronto.

No todo el sentido de la vida se encuentra al llegar. Parte de él aparece cuando caminamos sin rumbo, con la suficiente apertura como para dejarnos transformar.

Cuando nos encontramos sin una dirección clara, la mayoría de nosotros no lo vivimos como una forma de libertad. Lo experimentamos como una incomodidad. La ausencia de un plan nos parece un problema que debemos resolver, en lugar de un espacio en el que podemos entrar. Esa incomodidad es real. Yo mismo la he sentido. El impulso es siempre el mismo: avanzar más rápido, decidir antes, llenar el vacío.

Pero a veces, lo más honesto y valiente que una persona puede hacer es resistir ese impulso. Permanecer un poco más en la incertidumbre. Caminar sin necesidad de llegar.

Los momentos de verdadera claridad rara vez aparecen cuando intentamos arrancarle una respuesta a la vida. Llegan en los espacios intermedios. Durante un viaje en auto. En una conversación inesperada. En el silencio que sigue a un esfuerzo. En el simple acto de caminar el tiempo suficiente para permitir que algo más verdadero termine por alcanzarnos.

Solemos pensar que la claridad debe llegar antes de ponernos en movimiento. Pero muchas veces sucede al revés. Primero nos movemos. Caminamos. Y mientras caminamos, algo se aclara, no porque lo hayamos forzado, sino porque finalmente dejamos de hacerlo.

Una caminata sin destino no es la ausencia de sentido.

A veces, es la manera en que el sentido nos encuentra.

Me encantaría conocer su opinión sobre este tema.

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