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Los momentos que te quitan el aliento

December 23, 2025
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René Sonneveld

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A medida que el año llega a su fin, hay palabras que tienen la extraña capacidad de volver a encontrarnos. No porque sean nuevas, sino porque nosotros ya no somos los mismos. Esta cita reapareció para mí hace poco, en silencio y sin dramatismo, y me llevó de regreso a algunos de los momentos más intensos y sin aliento de mi vida. Momentos que no necesitaban explicación, mejora ni interpretación. Solo necesitaban ser recordados.

Vi esta cita en algún lugar hace años. No recuerdo dónde. No recuerdo quién la dijo. Solo recuerdo que se quedó conmigo.

Durante mucho tiempo llevé una versión algo borrosa de ella en mi cabeza. Hace poco, cerca del final del año, la volví a ver. Esta vez con claridad. Estaba en la pantalla de mi computadora, esperando en silencio. Y me detuvo.

“La vida no es la cantidad de respiraciones que tomas.
Son los momentos que te quitan el aliento.”

He leído innumerables citas a lo largo de los años. La mayoría pasan sin dejar demasiado. Esta no. Y volver a verla ahora, en este momento de mi vida, se sintió como una invitación a detenerme. A mirar hacia atrás. A recordar.

Porque hay momentos en la vida que no piden análisis. No piden explicación ni construcción de sentido. Simplemente llegan. Y cuando lo hacen, el tiempo hace algo extraño. Se ralentiza. O desaparece por completo.

He vivido ese tipo de momento cinco veces.

Cada vez, por la misma razón.

El nacimiento de mis hijos.

Recuerdo las habitaciones con mucha claridad. El olor a desinfectante mezclado con anticipación. La eficiencia silenciosa de las enfermeras entrando y saliendo. El ritmo constante de las máquinas de fondo. Y luego, de repente, todo lo demás se desvanece.

Hay un instante, justo antes de que ocurra, en el que el mundo se estrecha. Las conversaciones se detienen. Los pensamientos caen. Ya no estás planificando, gestionando ni anticipando. Simplemente estás ahí.

Presente de una manera que es poco frecuente en la vida adulta.

Cuando nació mi primera hija, pensé que entendía lo que estaba pasando. No era así. Me invadió una sensación que no podía nombrar. Alegría, sí. Alivio, sí. Pero también algo más profundo. Una especie de humildad. Como si la vida misma se hubiera inclinado hacia mí y me hubiera susurrado: presta atención.

Esto importa.

La segunda vez, un hijo, pensé que estaría más preparado. No lo estaba. Niño diferente. Energía diferente. El mismo momento sin aliento. Ese primer llanto. Ese primer movimiento. Ese reconocimiento instantáneo de que nada volvería a ser igual.

Para la tercera, cuarta y quinta vez, uno podría esperar que la experiencia se suavizara. Que se volviera familiar. No ocurrió. Cada vez, la misma quietud. La misma sensación de que el universo había puesto pausa el tiempo justo para que yo notara lo que realmente cuenta.

En esos momentos, a nadie le importa la productividad. Nadie pregunta por objetivos, plazos o planes. Nadie mide el éxito. No hay futuro que optimizar ni pasado que corregir. Solo existe el ahora.

Un pequeño ser humano llegando al mundo.

He pasado gran parte de mi vida profesional pensando en desempeño, liderazgo, sistemas familiares y éxito. Trabajo con personas motivadas, reflexivas y ambiciosas. Personas que quieren construir algo que perdure. Y aun así, una y otra vez, las conversaciones terminan regresando al mismo lugar.

¿Qué es lo que realmente importa?

Vivimos en una cultura que, de forma silenciosa, nos enseña a contar respiraciones. A medir la vida en hitos, logros, acumulación. Seguimos el tiempo, optimizamos calendarios y llenamos nuestros días de movimiento. Pero movimiento no es lo mismo que significado.

Los momentos que te quitan el aliento no se pueden programar.

No aparecen en tu lista de tareas. No responden al esfuerzo ni al control. Llegan cuando llegan. Y cuando lo hacen, nos piden algo.

Presencia.

No la presencia de la que hablamos en talleres o aplicaciones de mindfulness. La real. Esa en la que la mente no tiene a dónde escapar. En la que el cuerpo sabe, antes que los pensamientos, que esto es importante.

He visto esa misma cualidad sin aliento en otros momentos también. De pie junto a una cama de hospital. Recibiendo una noticia que lo cambia todo. Viendo a alguien que amas entrar en su propia fuerza. Sentado en silencio después de una conversación larga que por fin tocó la verdad.

Pero los nacimientos de mis hijos siguen siendo los ejemplos más claros.

Me enseñaron algo que ningún libro ni marco conceptual podría haberme enseñado.

La vida no se vive de manera uniforme.

No es una línea suave de momentos iguales encadenados. Es una serie de picos y valles, con algunos instantes que se elevan por encima de todo. Momentos que nos anclan. Momentos a los que volvemos, consciente o inconscientemente, cuando la vida se vuelve ruidosa o confusa.

A medida que el año llega a su fin, muchos de nosotros reflexionamos. Sobre lo que logramos. Sobre lo que no. Sobre cómo queremos que sea el próximo año. Esas reflexiones tienen su lugar. Pero están incompletas si no nos hacemos también una pregunta más silenciosa.

¿Cuándo perdí el aliento este año?

No por agotamiento. No por estrés. Sino por asombro. Por amor. Por estar plenamente vivo de una manera que no necesitaba explicación.

Esos momentos no siempre son dramáticos. A veces son pequeños. Una mirada. Una frase. Un silencio compartido. Pero dejan huella.

No recuerdo cuántas respiraciones tomé el día que nació cada uno de mis hijos. No recuerdo la hora ni la secuencia exacta de los acontecimientos. Pero recuerdo la sensación.

La quietud.
El peso de la responsabilidad y el asombro.
La sensación de que la vida acababa de expandirse de formas que pasaría años intentando comprender.

Eso es lo que te deseo al cerrar este año.

No más respiraciones.
Sino más momentos que te las quiten.

Me encantaría conocer su opinión sobre este tema.

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